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PRACTICANDO LA ESCUELA IDENTITARIA
"Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre
esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra
ella." (Mateo 16:18)
En un Artículo anterior hablabamos de la necesidad de Crear una
escuela "Identitaria Hispánica" pues para definirse como IDENTITARIOS, o
PATRIOTAS, etc., necesitamos en un principio de unos mínimos postulados
que definan lo que
es la Identidad y/o el verdadero patriotismo.
Algunos por ahí van creando programas
electorales y los confunden con los principios. Los programas
electorales son tácticos y los podemos cambiar cada día mientras que los
principios son los cimientos en donde fijaremos nuestra casa, nuestro
cuartel o nuestro castillo y en base a ellos y a su adhesión
desarrollaremos una estrategia y una o mil tácticas en función del
momento histórico.
Como deciamos, necesitamos de un proceso de Reconstrucción Nacional, pero
para inicial ese camino necesitamos de lo que podríamos llamar
"ESCUELA PATRIÓTICA SOCIAL IDENTITARIA de referencia. Es decir, se
necesita una guia, una escuela formada por pensadores, historiadores e
investigadores que se sumerjan en nuestra historia, en nuestra identidad
y teorizen sobre cual ha de ser el camino a seguir.
Por
decirlo de forma clara, necesitamos de una "IDEOLOGÍA IDENTITARIA
HISPÁNICA", un marco de referencia y de cimientos sólidos basados en
nuestra identidad y nuestra história y apartir de ahí podamos
proyectar la lucha política en diferentes frentes.
Los edificios se montan por los cimientos y no al revés. La casa no se empieza por el tejado sino por los cimientos ("Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre
esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra
ella." (Mateo 16:18)).
Aun que
parezca mentira algunos basan su actividad política en sentimientos,
hablan de "los nuestros" sin que sepamos quienes son "de los nuestros",
nos dicen que "ya veremos como nos definimos y que hay detras de esa
definición", confundiendo la táctica con los principios. Nos hablan de
identidad y posiblemente cuando descubran nuestra verdadera identidad
verán que en el fondo no son de los nuestros. En el fondo esto ocurre
por que han asumido los principios Post Modernos, son hombre líquidos,
sin capacidad de arraigarse a nada, incapaces de ser sólidos en sus
principios, su acción se basa en el egoismo individualista, en lo que
les conviene en cada momento. Someterse a valores, principios o
ideología es una dura carga para ellos por eso son líquidos pues se
adaptan a todo. Si es necesario jurar la constitución lo hacen, si es
necesario traicionar lo que dicen defender lo harán y nos dirán que es
por que se estan infiltando, etc, etc.
Por todo ello
reiteramos la importancia de esa Escuela identitaria, para determinar
los valores y cimientos en los que se ha basado siempre la Causa de Las
Españas, y después con tácticas actuales ir conquistado y liberando
zonas en diferentes frentes.
Hoy podemos tener
diferentes referentes, intelectuales que estan viendo el problema y que
los necesitamos para poder forjar esa escuela.
No cabe decir que tenemos dos o tres referentes claros. Personas con nombre y apellidos.
Una
de esas personas es Juan manuel de Prada del cual dejamos en este
artículo algunos de sus escritos que podriamos encuadrar dentro de lo
que denominamos Escuela Patriótica Identitaria. No tenemos su permiso
pero por su relevancia los publicamos e indicamos la fuente en donde
podréis encontrarlos. A medida que encontremos algunos similarés los iremos añadiendo.
Treinta años de esclavitud por Juan Manuel de Prada
"La UE nos ha destruido políticamente,
arruinado nuestra economía natural y aniquilado todo vestigio de
justicia social"
Se anda celebrando en estos días el trigésimo aniversario de la «adhesión de España» a la Unión Europea, que es tanto como si el sifilítico terminal celebrase la fecha en la que contrajo el treponema.
Treinta años de sometimiento y esclavitud, de desnaturalización y
extrañamiento que han dejado a España convertida en un harapo en todos
los órdenes, una colonia de cipayos que, mientras son ordeñados
concienzudamente, mientras son despojados de sus tradiciones, mientras
contemplan los muros desmoronados de la patria, siguen farfullando
memeces sobre los años de «prosperidad» que la «adhesión» nos ha
brindado y (risum teneatis) sobre una Europa de fantasía fundada en el
cristianismo, la filosofía griega y el derecho romano. Como diría Manolo
Morán en Bienvenido, míster Marshall: «Cursiladas y mamarrachadas».
Europa (la
Europa verdadera, no esa versión de merengue que se han inventado los
noños y los meapilas) nació de la ruptura con el cristianismo, la
filosofía griega y el derecho romano. La Europa verdadera nació
–como muy bien explica Elías de Tejada– de la ruptura religiosa de
Lutero, la ruptura ética de Maquiavelo, la ruptura política de Bodino,
la ruptura jurídica de Hobbes y la ruptura social de la Paz de Westfalia;
y estas cinco rupturas hallarían su desembocadura común en los procesos
revolucionarios, de neta inspiración antiespañola. Pues el propósito de
Europa fue siempre destruir España, algo que empezó a lograr a
comienzos del XIX, hasta la rendición definitiva, consumada con la
«adhesión» (en realidad rendición) de España a la UE.
El profesor Miguel Ayuso, en El Estado en su laberinto,
ha estudiado los destrozos políticos que ha causado nuestra rendición a
la UE. Europa ha sido, en efecto, la culpable principal del clima
«postestatal» que se respira en España, mediante la «transferencia de
competencias estatales que implican su abandono y no una simple
delegación» a brumosos organismos burocráticos con sede en Bruselas; así
como de la dispersión del poder político en grotescos entes autonómicos
que sólo se reconocen en una supranacionalidad europea igualmente
grotesca. Toda esta desnaturalización y desintegración política
–nos refiere Ayuso– nos ha convertido en rehenes de «organismos
supranacionales que se han evidenciado vacíos de toda idea moral, como
no lo sea la muy vaga y hasta aniquilante del pacifismo a ultranza».
Esta debilitación del Estado –señala también Ayuso– ha culminado con
«la rendición de la política a la administración del economicismo» al
servicio de un neolibelismo globalizador que favorece a las grandes
corporaciones multinacionales, a costa de desbaratar la economía natural
de las naciones.
La UE nos ha
destruido políticamente; ha arruinado nuestra economía natural
(sobornando a agricultores y ganaderos, cerrando nuestras fábricas y
convirtiéndonos en suministradores de «servicios»); ha
aniquilado todo vestigio de justicia social (todas las reformas
laborales que hemos padecido han sido impuestas por los peleles de
Bruselas, al servicio de la plutocracia internacional); y, en fin, ha
arrasado nuestras tradiciones seculares, convirtiéndonos en masa
cretinizada, desdiosada y «multicultural». ¡Ah, y nos ha facilitado el «acceso libre al porno», como señaló orgulloso el botarate que preside el Partido Popular Europeo!
Ese descenso
a la mierda es lo que celebramos en estos días. Pobre España,
humillada, mendicante y genuflexa, convertida en sanatorio de
sifilíticos terminales que le ponen una tarta con velitas al treponema
que los convirtió en eunucos.
Juan Manuel de Prada
Fuente: http://www.abc.es/lasfirmasdeabc/20150616/abci-treinta-anos-esclavitud-201506152142.html
UNA LEY BIOLÓGICA INFALIBLE, por Juan Manuel de Prada
(ABC, 16 de julio de 2016)
(ABC, 16 de julio de 2016)
No deja de tener su lectura siniestra que esta hecatombe de Niza se
haya perpetrado mientras las víctimas conmemoraban la Revolución, que es
como si el sifilítico celebrase el día en que contrajo la sífilis. La
Revolución prometió a sus hijos que, después de derruir el orden
antiguo, alzaría sobre sus escombros un nuevo
mundo paradisíaco con una torre que llegase al cielo, en la que sus
hijos podrían encaramarse, para creerse dioses; pero, a la postre, aquel
mundo paradisíaco y aquella torre endiosadora se han convertido en un
camión que pasa por encima de los hijos de la Revolución, reventándolos
como si fuesen cucarachas.
También tiene su lectura siniestra que, mientras el islamista de Niza reventaba hijos de la Revolución, en el pudridero llamado Occidente andemos aprobando leyes para que perviertan a nuestros niños en la escuela, o cambiando los rótulos de los retretes, para que chorras y chorros, naturales o de quirófano, puedan alternar en amor y compaña. Este Occidente huérfano de certezas, tembloroso como un junco, aferrado a sus vicios embrutecedores, está fiambre; y el islamista de Niza sólo ha venido a recordárnoslo, aplastándonos con un camión, como los sepultureros aplastan con una pala los huesos podridos de las fosas comunes, para hacer hueco a los nuevos cadáveres.
Occidente se muere, ensimismado en el disfrute de sus derechos de bragueta y sus migajillas de bienestar material (que son como las uvas de las campanadas de fin de año). Lo más delirante es que, en un aspaviento ante la galería, este Occidente atufado por los miasmas de su propia decadencia se pone estupendo. Así ocurrió, por ejemplo, cuando Trump prometió que no dejaría entrar musulmanes en Estados Unidos, si resultaba elegido presidente. De inmediato, nuestras plañideras de la corrección política empezaron a lloriquear y a rasgarse las vestiduras; pero llegará el día en que pidan a la desesperada, de rodillas y con las vestiduras manchadas de caquita, que aquella promesa de Trump se haga realidad (o tal vez prefieran convertirse directamente a la secta de Mahoma, comiéndose con patatas su laicismo). Lo que parece imposible es que surja de este Occidente desfondado ninguna reacción digna y valerosa; pues aquí sólo tenemos dos soluciones, ambas defecatorias: o cagarnos de miedo por la pata abajo o cagar bombas en algún paraje remoto del atlas, a modo de represalia grotesca.
Pero la única solución digna y valerosa, el único modo que tiene Occidente de combatir a su enemigo es recuperar su tradición cristiana. Es una ley biológica infalible que las civilizaciones las fundan las religiones; y que se extinguen cuando muere la religión que las fundó. Así ha ocurrido a lo largo de todos los crepúsculos de la Historia, sin excepción alguna, y así seguirá ocurriendo, mientras el mundo sea mundo. La Revolución que ayer conmemoraban en Niza concibió el sueño demente de sostener una civilización sobre un vacío religioso, o sobre el sucedáneo idolátrico de la democracia. Pero ese sueño no ha tardado en convertirse en pesadilla; y sobre los escombros de la civilización fundada por la Cruz no se alzará la torre del endiosamiento humano, sino una media luna chorreante de sangre, que iluminará con su luz cárdena el pudridero donde yace nuestra apostasía, aplastada sobre el asfalto como una cucaracha.
Mientras llega ese día, podemos seguir cambiando los rótulos de los retretes, o dejando que perviertan en la escuela a nuestros hijos. Pues, al parecer, Occidente se ha propuesto morir ahogado en el vómito terminal de un paganismo con olor a ojete desflorado y papiloma sonámbulo.
También tiene su lectura siniestra que, mientras el islamista de Niza reventaba hijos de la Revolución, en el pudridero llamado Occidente andemos aprobando leyes para que perviertan a nuestros niños en la escuela, o cambiando los rótulos de los retretes, para que chorras y chorros, naturales o de quirófano, puedan alternar en amor y compaña. Este Occidente huérfano de certezas, tembloroso como un junco, aferrado a sus vicios embrutecedores, está fiambre; y el islamista de Niza sólo ha venido a recordárnoslo, aplastándonos con un camión, como los sepultureros aplastan con una pala los huesos podridos de las fosas comunes, para hacer hueco a los nuevos cadáveres.
Occidente se muere, ensimismado en el disfrute de sus derechos de bragueta y sus migajillas de bienestar material (que son como las uvas de las campanadas de fin de año). Lo más delirante es que, en un aspaviento ante la galería, este Occidente atufado por los miasmas de su propia decadencia se pone estupendo. Así ocurrió, por ejemplo, cuando Trump prometió que no dejaría entrar musulmanes en Estados Unidos, si resultaba elegido presidente. De inmediato, nuestras plañideras de la corrección política empezaron a lloriquear y a rasgarse las vestiduras; pero llegará el día en que pidan a la desesperada, de rodillas y con las vestiduras manchadas de caquita, que aquella promesa de Trump se haga realidad (o tal vez prefieran convertirse directamente a la secta de Mahoma, comiéndose con patatas su laicismo). Lo que parece imposible es que surja de este Occidente desfondado ninguna reacción digna y valerosa; pues aquí sólo tenemos dos soluciones, ambas defecatorias: o cagarnos de miedo por la pata abajo o cagar bombas en algún paraje remoto del atlas, a modo de represalia grotesca.
Pero la única solución digna y valerosa, el único modo que tiene Occidente de combatir a su enemigo es recuperar su tradición cristiana. Es una ley biológica infalible que las civilizaciones las fundan las religiones; y que se extinguen cuando muere la religión que las fundó. Así ha ocurrido a lo largo de todos los crepúsculos de la Historia, sin excepción alguna, y así seguirá ocurriendo, mientras el mundo sea mundo. La Revolución que ayer conmemoraban en Niza concibió el sueño demente de sostener una civilización sobre un vacío religioso, o sobre el sucedáneo idolátrico de la democracia. Pero ese sueño no ha tardado en convertirse en pesadilla; y sobre los escombros de la civilización fundada por la Cruz no se alzará la torre del endiosamiento humano, sino una media luna chorreante de sangre, que iluminará con su luz cárdena el pudridero donde yace nuestra apostasía, aplastada sobre el asfalto como una cucaracha.
Mientras llega ese día, podemos seguir cambiando los rótulos de los retretes, o dejando que perviertan en la escuela a nuestros hijos. Pues, al parecer, Occidente se ha propuesto morir ahogado en el vómito terminal de un paganismo con olor a ojete desflorado y papiloma sonámbulo.
https://www.facebook.com/393349994084769/photos/a.617054201714346.1073741825.393349994084769/1074314769321618/?type=3&theater
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Cercanos a la causa social identitaria circulan toda una serie de elementos que hacen mucho daño a la causa ya que no son más que peperos o pequeño burgueses radicalizados que se acercan a nuestras filas pensándose que somos liberales, o constitucionalistas o españolistas casposos, o que tenemos posiciones cercanas al PP o partidos liberales.
Por eso es necesario ir marcando distancias para que no se confundan ni se equivoquen.
Esperamos que con pocos conceptos se den cuenta, pues a buen entendedor pocas palabras hacen falta...
- No somos ciudadanos sino Pueblo.
- No somos fachas, sino Patriotas.
- No somos liberales, sino Tradicionalistas.
- No somos capitalistas ni procapitalistas sino que somos anticapitalistas. No somos comunistas sino anticomunistas. Los dos sistemas son hijos del liberalismo al que nuestro pueblo combatió, y al que nosostros combatiremos.
- No estamos con los banqueros ladrones, ni con los explotadores ni con los usureros. Pedimos para ellos las máximas penas y los mayores castigos.
- No somos de Izquierdas ni de Derechas pues nuestro proyecto es otro.
- No somos especuladores y creemos en el trabajo de empresarios y trabajadores, de retribuciones justas y trabajos justos y creemos en la unión de los productores y de todos los implicados en el proceso.
- No somos ateos, ni agnósticos, ni aconfesionales. No somos moros, ni budistas, ni judios sino que tenemos religión que es la Católica Tradicional, la que conformó nuestra nación y fué actor principal en el III Concilio de Toledo en donde quedó sellada nuestra identidad y nuestro futuro.
- No creemos en la España de las tres culturas sino en la España Cristiana. Nosotros somos sus herderos, los vencedores y nada tenemos que tratar con culturas extrañas.
- No creemos en la España de las tres culturas sino en la España Cristiana. Nosotros somos sus herderos, los vencedores y nada tenemos que tratar con culturas extrañas.
- No somos clericales, sino todo lo contrario. Creemos que la mayor parte de nuestro Clero ha caído en las teorías modernas liberal-relativistas y ya no creen en la verdad, pues siguen ideologias que en el pasado fueron condenadas por La IGLESIA, creemos que la mayoría siguen doctrinas falsas y que por tanto se oponen a nuestros planteamientos políticos y doctrinales pues su progresia es contraria a los Valores de la Reconquista y Cristiandad de nuestro pueblo.
- No somos Españolistas, sino Patriotas.
- No somos Centralistas sino todo lo Contrario. Somos foralistas defensores de los derechos históricos de los Pueblos que conforman nuestra Patria, defensores de sus lenguas propias y de sus culturas e identidades, tal como siempre se organizó nuestro pueblo. Las lenguas propias son las que han de tener prioridad en sus territorios naturales, siendo el castellano la forma de comunicación entre los diferentes españoles a escepción de Occitanos y portugueses.
- Nosotros no hablamos español, sino que hablamos castellano, catalán, aranés, euskera, occitano, asturiano, aragonés, portugués o gallego. Jamás nuestros clásicos llamaron español al castellano. Llamar español a la lengua castellana es un invento de los afracesados liberales y de sus seguidores cestralistas de hoy en día.
- No somos Constitucionalsitas sino todo lo contrario. España ya esta constituida y sus principios y moral cristiana ya se han determinado a lo largo de los tiempos.
- No somos Imperialistas, sino Imperiales. Nuestra nacion tiene una Misión Histórica y somos sus continuadores.
- No somos pacifistas, ni progres, ni guarros. Somos descendientes de almogávares y como ellos procederemos.
- No somos mundialistas, ni internacionalistas, ni queremos que banderas extrañas no españolas ondeen en nuestros territorios. Nos oponemos a que la enseña de la U.E., ondee en nuestros territorios.
- No somos igualitaristas, sino que creemos en las diferencias y en Gobierno de los mejores.
- No somos defensores del Sistema, sino que somos los verdaderos Antisistema. No somos la derecha o extrema derecha del sistema, ni vamos a reforzarlo. Tampoco somos la izquierda ni la extrema izquierda del sistema capitalista, sino que vamos a sustituir este desorden injusto por un Orden Justo y libre.
- No somos defensores del Sistema, sino que somos los verdaderos Antisistema. No somos la derecha o extrema derecha del sistema, ni vamos a reforzarlo. Tampoco somos la izquierda ni la extrema izquierda del sistema capitalista, sino que vamos a sustituir este desorden injusto por un Orden Justo y libre.
- No somos racistas, sino identitarios. Nuestro pueblo es de una raza concreta. Ser de otra raza significa pertenecer a otro pueblo.
- No somos modernistas sino defensores del mundo antiguo.
- No somos conservadores, sino Tradicionalistas. Aquí no hay nada que conservar y mucho malo por destruir.
- No estamos solo para concurrir a elecciones. Nuestro proyecto pasa por la Reconstruccion Nacional en todos los órdenes: político, económico, moral, religioso, territorial, educativo, nacional, patriótico, militar, foral, etc.
- No somos conservadores, sino Tradicionalistas. Aquí no hay nada que conservar y mucho malo por destruir.
- No estamos solo para concurrir a elecciones. Nuestro proyecto pasa por la Reconstruccion Nacional en todos los órdenes: político, económico, moral, religioso, territorial, educativo, nacional, patriótico, militar, foral, etc.
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Desde este Bloc del Frente Identitario ya hemos manifestado lo que significa la llamada "Constitución" y todo el Ordenamiento Jurídico que de él de ha derivado.
A continuación os pasamos un artículo de la Organización patriótica catalana SOMATEMPS, que se ha convertido en los últimos años como una verdadera organización de masas y referente intelectual del llamado mundo patriótico.
Es muy necesario leerlo con detenimiento y prestarle la debida antención pues descubriremos cosas sobre esta ley que son desconocidas y escondidas a nuestro pueblo.
Reflexiones
sobre la Constitución del 78, el fin de la transición y la cuestión
nacionalista
La
transición democrática sólo fue posible gracias a presentarse,
aparente y formalmente, como una continuidad del régimen el
franquista y no como una ruptura radical con el mismo. Por mucho que
hoy se nos quiera mostrar la aprobación de la Carta Magna española
como un acto constituyente de un nuevo régimen e independiente del
anterior, esto no fue jurídicamente así. Torcuato Fernández-Miranda
y su famosa argucia: “de la ley a la ley” fue el artífice de
esta estratagema que permitió este carácter continuista de la
transición.
No en
vano, a la Constitución del 78 se la conoció inicialmente como la
“octava” Ley Fundamental del Movimiento. Ello no impidió que la
Carta Magna derivara en contradicciones evidentes y previsibles: por
un lado, se debía a un proceso legal derivado del franquismo y, a la
vez, se redactó para desarrollar un cuerpo jurídico que disolviera
el régimen del que procedía. La nueva Constitución fue aprobada en
referendo y se consumó como una extraña continuidad-rupturista con
el Régimen anterior. De ahí que aún arrastre contradicciones que
la llevan, con mayor o menor premura, a su autodestrucción.
Errores
en el proceso constituyente: ¿legalidad y legitimidad?
Muchos
políticos, medios de comunicación y “expertos”, han trabajado
durante décadas para presentarnos la Constitución del 78 como
símbolo de ruptura para con el franquismo y el inicio de una
etapa radicalmente diferente, en el orden político. Para ello se ha
ido creando el imaginario de un “pueblo” que se levantaba contra
la tiranía e imponía su voluntad y ansias de libertad, “dándose”
a sí mismo una Constitución democrática. A ello se unió el pacto
de silencio sobre el verdadero origen de la nueva “clase política
democrática”, tanto los dirigentes pertenecientes a la UCD como
los del PSOE. Estos dos grandes partidos que surgían aparentemente
de la nada con unos recursos inimaginables y de sospechoso origen,
configuraron el bipartidismo. Nadie quiso denunciar que buena parte
de esta nueva casta, distribuida entre derecha e izquierda, procedía
de muchas de las viejas familias franquistas. El reciclaje en
“demócratas de toda la vida”, fueran socialdemócratas o del
centro conservador, se produjo de la noche a la mañana.
Podríamos
recurrir a muchos textos de expertos constitucionalistas y
básicamente muchos de ellos tienen que reconocer que se produjo esa
continuidad legal con el anterior régimen. Sin embargo, para
distanciarse, presuponen que el nuevo régimen democrático tuvo
–aunque con fallos- su propio proceso constituyente y que aunque
la legalidad provenía del cuerpo jurídico franquista, su
legitimidad provenía del pueblo que la había refrendado.
Este recurso intelectual para presentar la Constitución como fruto
de la voluntad del pueblo español, tenía sus peligros. El más
grande es que se concedía una primacía a la voluntad política
sobre la legalidad. De ahí que la Carta Magna, acabara –y aún hoy
en día es así- dependiendo de las voluntades políticas dominantes.
De hecho su estabilidad durante una generación, se debió a que las
esas voluntades políticas llegaron al famoso “consenso”. Pero
cuando éste se resquebraja, la legitimidad del texto desaparece.
Este
mal de raíz, aunque se haya querido ocultar siempre, no ha
desaparecido. Hoy por hoy, la interpretación del texto
constitucional depende de la voluntad política. Hasta hace poco, se
trató a la Carta Magna como algo casi “sagrado” e inviolable. No
obstante, la emergencia de nuevas voluntades y fuerzas políticas,
están haciendo temblar el texto que –como veremos- adolece de
criterios fijos de interpretación. De hecho, la primacía de la
voluntad política sobre lo jurídico, explicaría por qué la
redacción de la Constitución careció de técnicos juristas y
politólogos apropiados o por qué un texto tan fundamental y se
redactó y discutió en tres meses. La respuesta es sencilla: urgía
para el nuevo entramado democrático –previamente diseñado como un
bipartidismo- y por eso nadie se detuvo a analizar el texto de la
carta Magna como un “todo” lógico y coherente. Más bien, el
proceso de redacción y discusión se asemejó a un mercadeo, donde
las discusiones de los ponentes no eran técnicas, sino sobre
pequeñas cuñas y matices que se empeñaban en introducir o sacar
del texto. La ausencia de técnicos impidió prever futuras
contradicciones en los desarrollos legislativos y que nos ha llevado
hasta la situación actual.
Un
proceso “constituyente” sin Cortes constituyentes
Los
expertos constitucionalistas suelen acordar las características de
un proceso constituyente para que sea legal y tenga legitimidad:
1.- Un
Proceso constituyente se origina de manera legítima, sin que sea
impuesto por la fuerza.
2.-Se
convocan por parte de una autoridad legítima unas elecciones libres
con carácter constituyente. Lo que se denomina comúnmente
elecciones constituyentes o elecciones para Cortes Constituyentes.
3.-La
asamblea crea equipos de trabajo e inicia debates sobre los esquemas
propuestos. Todo ello sin tutelaje ni imposición alguna.
4.-El
texto constituyente se somete a referéndum.
5.-Si
es aprobado, se proclama la Constitución.
Al
proceso constituyente español se le podrían poner muchas
objeciones. Si nos limitamos a las más fundamentales, serían dos.
Una que era inevitable: el tutelaje más que descarado de Estados
Unidos y otras potencias sobre el proceso de democratización
española. Hoy en día la literatura política al respecto es más
que suficiente para demostrar esta tutela y la escasa iniciativa del
“pueblo” en los procesos y procedimientos que se establecieron
para consolidar la democracia. A la sociedad española, sólo se le
pidió pasividad y que refrendaran un texto que se les ponía sobre
la mesa. La vigilancia y control al que estuvo sometido el proceso
“democratizador”, se debía tanto a las agencias de inteligencia
americanas como europeas, que no podían permitir que todo el sur de
Europa se convirtiera en una zona desestabilizada. Este control fue
especialmente preponderante desde el asesinato de Carrero Blanco,
hasta el Golpe de Estado del 23-F.
La
segunda objeción es que nunca hubo elecciones constituyentes ni por
tanto, en sentido estricto, Cortes Constituyentes. Hoy en día
prácticamente todos los manuales, ensayos, textos periodísticos,
tratan las elecciones de 1977, convocadas por Adolfo Suárez, como
elecciones de carácter constituyente, pero no fue así. El Decreto
del 15 de abril de ese año, convocó inequívocamente unas
elecciones para Cortes ordinarias. Para algunos especialistas,
aunque reconocen que nunca lo fueron de iure, justifican el
proceso porque lo acabaron siendo de facto. Si aceptamos esta
tesis, volveríamos a la cuestión planteada anteriormente: la
Constitución española carecería de legalidad, y su legitimidad se
debería a una mera imposición de facto. Según ciertos
expertos juristas, las imposiciones de facto pueden acabar
legitimándose en el tiempo. No obstante, la distinción entre la
legalidad y la legitimidad de esta Constitución es una herida
abierta que nunca se ha cerrado del todo. Por eso, cada vez son más
los que empiezan a dudar tanto de su legalidad como de su legitimidad
y desean cambiarla sea por cauces legales o simplemente por una
imposición mayoritaria.
Se
proponía hacer depender posibles reformas constitucionales de las
fuerzas y de las voluntades políticas y no tanto de “principios
legales” definidos desde la propia Constitución. El paradigma
empezaba a cambiar y sólo unos pocos escogidos se estaban
dando cuenta. Cuando el presidente Zapatero aceptó el reto de una
reforma estatutaria en Cataluña, la caja de Pandora se iba abrir y
liquidar el famoso “consenso”. Fue entonces cuando muchos vieron
que la Constitución podía quebrarse y con relativa facilidad. Ya
nada dependía de la Ley en sí misma, sino de voluntades políticas
y nuevos consensos.
Los
frutos del “consenso”.
Nadie
puede dudar de que el proceso constituyente cojeara desde un
principio, aunque nadie quiso reconocerlo. Por el contrario se
recurrió a la “sacralización” del texto constitucional y se
idealizó tanto el proceso como una inexistente “voluntad general”.
Esta sublimación llegó hasta el extremo de presentar a España como
modelo a seguir por todos aquellos países que pasaban de una
dictadura a una democracia. Pero la transición no fue tan idílica y
estuvo salpicada de presiones extranjeras, corruptelas internas,
traiciones, e incluso fue un proceso cruento que contó con años de
“plomo” provocados por un terrorismo sanguinario que contó con
el beneplácito y complacencia de muchos de los agentes implicados en
la transición.
El
sagrado “consenso” de la elite política emergente se
tradujo en que todos tenían que renegar a principios innegociables
en su fuero interno: hubo republicanos e izquierdistas que tuvieron
que aceptar la monarquía y viejos franquistas que aceptaron casi sin
rechistar el Estado de las Autonomías. Como por instinto de
supervivencia, los agentes intervinientes entendieron que todos
podían ganar, y mucho, si aceptaban ese “consenso” y
sacrificaban sus principios. Por tanto, los viejos o nuevos ideales,
esto es el maximalismo, debían replegarse y asentarse en el
minimalismo y en el pragmatismo. No habría perpetuación del antiguo
régimen ni revolución, sino un extraño híbrido en el que nadie
estaría cómodo pero en el que todos podían aprovecharse de un
nuevo estatus de privilegio.
Adolfo
Suárez pronunció una famosa frase para sintetizar el proceso que
debía llevar a una Constitución democrática: “Vamos a hacer
normal lo que en la calle ya es normal”. Sin embargo, esta frase
era engañosa. No se trataba de ajustar la Constitución a la
sociedad, sino lo que se pergeñó –sutilmente- fue una
transformación de la sociedad para adaptarla al espíritu de la
Constitución. A golpe de leyes y dinámicas políticas y mediáticas,
la sociedad española se transformó radicalmente en escasas décadas.
Pocos de los democristianos y centristas, eran capaces de imaginar
que esa Constitución que defendían a capa y espada abriría las
puertas a realidades sociales que en su fuero interno aborrecían.
Alguien podría pensar que este cambio era necesario pues el
franquismo habría “anquilosado” la sociedad, pero este punto de
vista es propio de los que no distinguen entre fundamentos
inamovibles de una sociedad y lo accidental o esencialmente dinámico
y transformador en las sociedades.
Mientras
que una parte de la derecha sociológica española creía asegurado
su status quo gracias a la Constitución, la izquierda se veía
más que agradecida pues –evidentemente- estaba negociando desde
una posición de fuerza más simbólica y “moral” que no real. Es
aquí donde el “consenso” por parte de la izquierda se fraguó
como infinitamente más hábil y sinuoso. Los temas sociales y
educativos, quedaron tan abiertos y desdibujados y bajo el amparo de
un lenguaje social y moderno que los primeros gobiernos democráticos
de izquierdas se lanzaron a modificar las leyes educativas, civiles y
penales que podían concernir a la familia y las estructuras
tradicionales de la sociedad o el concepto de justicia, del bien o el
mal moral. En menos de una generación, la legitimidad de las grandes
instituciones que protegía la Constitución aún era explícita,
pero empezaba a carecer del apoyo social.
En la
segunda generación, la actual, esas Instituciones han empezado a
perder vertiginosamente su legitimidad incluso se duda de su
legalidad. La derecha creía que había consolidado instituciones
como la Iglesia y el Ejército y salvaguardado la “unidad
nacional”. La izquierda, por el contrario, había abierto el camino
para apoderarse de la cultura y la enseñanza. Ello explicaría el
porqué de la evolución que hemos señalado anteriormente: de cómo
se pasó de considerar la Carta Magna como algo inviolable, a
mostrarse como un edificio tembloroso a punto de quebrar.
La
Constitución fue la cobertura legal para remover muchos principios
esenciales de la convivencia social y el Bien común, que
–evidentemente- no eran fruto del franquismo sino propios de todas
las sociedades bien ordenadas. Sin embargo, el mismo motor del cambio
social que fue en su momento la Constitución, ahora es vista por
muchos como un impedimento para nuevos cambios y más radicales. Por
tanto, bajo esta lógica, su arquitectónica debe ser derruida. El
único freno existente a esta voladura era el “consenso”, pero
este ha desaparecido. Con otras palabras, la Constitución del 78
lleva en sí el germen o espíritu de su propia disolución. Este
agente ha tardado cuatro décadas en manifestarse y ahora ya no se
puede detener.
Pero
el problema de la Constitución española no sólo deviene de su
falta de legitimidad real o de su carencia de legalidad por defectos
en el proceso constituyente. También en sus engranajes internos hay
muchas contradicciones e imperfecciones que, una vez desaparecido el
“consenso”, pueden convertir el texto en algo ineficaz por
contradictorio. Repasemos algunas de estas cuestiones:
-El ya
señalado defecto formal de su legalidad al ser encargada por unas
cortes ordinarias y no Cortes Constituyentes. Una vez desaparecido
éste, la “sacralidad” del texto que votaron los padres de la
mayoría de ciudadanos que no la votaron porque ni siquiera habían
nacido, carece de sentido.
- Hubo
un tutelaje control y monopolio del texto que impidió que otros
agentes sociales participaran en el famoso “consenso”. Un factor
de presión muy importante fue el espectacular aumento del desempleo
causado por la crisis del petróleo del 1974, la crisis económica
que se sucedería y el clima de violencia política. Todo ello causó
un miedo escénico en la mayoría de la población que la mantuvo
como mero espectador. Por eso, denuncian algunos autores, hubo falta
de la falta de transparencia de las etapas iniciales del proceso de
redacción y desde el propio Estado se propició la desmovilización
de las distintas formas de acción colectiva. Sólo tras la
aprobación de la Constitución se pudieron consolidar otros partidos
y sindicatos.
-En
todo proceso constituyente todos los grupos parlamentarios de las
Cortes constituyentes deberían estar representados. En el proceso
español no estuvieron presentes ni la minoría vasca ni el grupo
mixto; es decir, formaban parte de la ponencia de UCD, PSOE, PSUC,
Minoría Catalana y AP. He aquí una de las explicaciones de por qué
el PNV se abstuvo en la votación final del proyecto constitucional y
en Euskalherría, ganó el No sobre el Sí.
-La
Carta Magna combina dos dimensiones que pueden ser una ventaja o, por
el contrario, uno de sus elementos autodestructivos: es un texto a la
vez rígido y al mismo tiempo excesivamente flexible. Algún experto
lo ha definido como: “un texto ambiguo, farragoso y, en ocasiones,
oscuro e impreciso, fruto esencialmente de recoger precisiones y
matices de procedencia distinta y de `contentar a todos”.
Ello provoca que la Constitución tenga demasiadas incoherencias,
lagunas e incluso contradicciones en su articulado. Un caso más que
evidente es el deslinde entre las competencias del Estado y el de las
comunidades autónomas
-Otra
crítica es que es una Constitución excesivamente extensa y a la vez
inacabada. Muchos de los títulos de la constitución o artículos,
recurren a la fórmula “que se desarrollará en posteriores leyes
…”. Ello crea una situación compleja pues esta referencia a
futuras y posibles leyes orgánicas que han de “concretar” la
Constitución, convierten al legislativo en un poder constituyente
constante y –según las Cortes y gobiernos de turno-
contradictorio.
-La
Constitución es muchos aspectos es excesivamente abstracta: lo que
no prescribe tampoco queda prohibido, lo que llevará a la larga a
extensas legislaciones y normativizaciones para intenten regular
todos los aspectos de la vida social. Igualmente el texto se
inmiscuye en materias que no son de carácter constituyente y, por
tanto, permite fundamentar posteriormente leyes intrusivas frente a
la privacidad personal.
-La
Constitución queda en ese marco ambiguo de continuismo o ruptura. El
texto del 78 derogaba la Ley para la Reforma Política y –en
principio- se entendía que el resto de las Leyes Fundamentales del
franquismo. Pero en el punto 3 de la Disposición Derogatoria se
afirma que: “Asimismo quedan derogadas cuantas disposiciones se
opongan a lo establecido en esta constitución”. Es decir, en el
fondo no queda derogada toda la legislación pre-constitucional. El
Tribunal Constitucional en sentencia del 28 de junio de 1981, dice:
“aun afirmando que la promulgación de la Constitución no ha roto
la continuidad del orden jurídico preconstitucional más que con
respecto a aquellas normas que no pueden ser interpretadas de
conformidad con la Constitución”. De ahí que –pese a quien le
pese- la forma de gobierno en España, la monarquía, queda ligada a
la Ley de sucesión de 1947. Aunque muchos gobiernos han legislado
como su la Constitución fuera más bien una continuidad de la etapa
republicana.
-La
Constitución comporta un blindaje excesivo de unos derechos frente a
un débil anclaje de otros. Por ejemplo, quedan especialmente
protegidas la libertad de prensa (un guiño a la izquierda), o se
consagra el libre mercado (un guiño a la derecha). Por el contrario
otros derechos bonhomiítas, como el de la vivienda digna, derecho a
la cultura, laborales, etcétera, quedan recogidos en el capítulo
tercero como “principios rectores de la política social y
económica”. Con otras palabras, son un conjunto de buenas
intenciones o propósitos no concretados.
-La
metodología impuesta en su elaboración –como ya se ha dicho- fue
la del pragmatismo que permitió imponer el consenso como metodología
de la transición. Ello dura hasta nuestros días. En el texto se
mantiene lo que se denomina un “horizonte utópico”, esto es un
mundo ideal al que debe tender el legislador, pero que se supone que
nunca llegará, pues la propia realidad lo impide constantemente.
Un
ejemplo esencial: la definición de la “nación” y el olvido de
la palabra “España”
No
deja de asustar cómo un texto redactado en pocos meses y discutido
en poco tiempo por unas Cortes, puede llegar a determinar el futuro
de una sociedad. Entre los temas más fundamentales que sufrieron las
tensiones del “consenso” era el tema de la Nación, las
naciones históricas o el principio de autodeterminación. En
aquellos momentos se intuía la importancia de ciertos términos,
pero sólo ahora somos conscientes de cómo una redacción, en un
sentido u otro, en un texto constitucional puede transformar o abocar
al conflicto a toda una sociedad.
La
referencia a “España” y a los territorios que la integran
(artículo 2º del texto constitucional) generó un debate entre las
fuerzas políticas que implicaba directamente a los conceptos de
nación, nacionalidad y región. Con ello se intentaba justificar si
debía o no, y en caso afirmativo cómo, hacerse referencia a
determinadas entidades territoriales. Era evidente que lo que
subyacía era la discusión sobre el modelo de organización
territorial del Estado y, por tanto, del propio Estado.
Los
senadores reales –respecto al uso del término nación o
nacionalidad- se dividieron en dos posiciones muy distanciadas entre
sí. Unos realizaban una interpretación del significado de los
términos nación y nacionalidad como si fueran
sinónimos. Por ende, si se incorporaba en el texto constitucional el
término nacionalidad, referido a una región o parte de la nación,
suponía una fragrante contradicción y un conflicto seguro.
Otros senadores, deseaban tomar como punto de partida la
clásica distinción entre la “nación política” y la “nación
cultural” (o nacionalidad) para justificar el simultáneo
reconocimiento constitucional de una nación española y de distintas
nacionalidades o regiones en su seno. Evidentemente pecaban de
ingenuos y eran incapaces de sospechar que les estaban
proporcionando, para el futuro, “artillería anticonstitucional”
a los nacionalistas.
Los
sectores más conservadores plantearon constantemente en los debates
la eliminación de la alusión, en el artículo 2º de la futura
Constitución, a unas “nacionalidades” diferentes y distinguidas
de la “nación española”. Se argumentaba que “nacionalidad”
era una expresión ambigua y sin sustantividad propia, definida como
cualidad de pertenencia de cada individuo a una determinada nación y
que deriva, por tanto, de esta última. Reconocer en el texto
constitucional nacionalidades, vendría a ser como reconocer
implícitamente diferentes soberanías.
Otros
senadores reales alegaron que la ambigüedad del concepto daría
lugar a graves conflictos por su posible uso político, dado que
consideraba que nacionalidad: “se usa en el Derecho español
y en el de los demás países, y en el internacional, en los tratados
internacionales y en el uso común de la lengua en el sentido de que
es el vínculo de pertenencia o la cualidad de conducción de alguien
que pertenece a una nación". En cambio, en el texto
constitucional se desprendía que hablar de “nacionalidades” era
una referencia a “nación subordinada o subnación o parte de
nación” (Cortes Generales, Constitución de 1978, Trabajos
Parlamentarios, t. III y IV).
Paradójicamente
fue uno de los más conocidos falangistas, reciclado en “centrista”,
Landelino Lavilla, quien apostó por incluir –con ciertas
observaciones- el término nacionalidades. En su intervención
ante la comisión constitucional del Congreso de los Diputados de 9
de mayo de 1978, declaró: “[...] la utilización del término
nacionalidades [...] desde el punto de vista del Gobierno y de la
responsabilidad que supone en una visión dinámica de la historia y
de la política solo es aceptable como expresión de identidades
históricas y culturales que, para hacer auténticamente viable la
organización racional del Estado, han de ser reconocidas y
respetadas incluso en la propia dimensión política que les
corresponde, en la fecunda y superior unidad de España”. Este ex
franquista no hablaba por sí mismo, sino que exponía la línea
oficialista que había adoptado la UCD. Los centristas, en la
discusión parlamentaria del texto, abogaron casi unánimemente por
incluir el texto nacionalidades disociándolo del de “nación”
o de “Estado”.
Los
representantes del partido gubernamental, la UCD, como provenían en
su mayoría de la estructura de poder franquista y de sus más
distinguidas familias, tranquilizaron a los sectores más
conservadores que sustentaban la idea –sin fisuras- de la “nación”
española. La insistencia centrista de que hablar de nacionalidades
era una mera distinción semántica sin implicaciones políticas,
acabó siendo aceptada por los más escépticos y reticentes frente
al nacionalismo. Esta cesión, dolorosa para muchos de ellos, era
necesaria para salvaguardar el “consenso” con la izquierda y
ciertas “esencias” del antiguo Régimen que luego nunca nadie
supo definir o bien se evaporaron con el paso del tiempo.
Los
representantes de la UCD, en ese momento los líderes visibles del
proceso, no dejaban de afirmar que la inclusión del término
“nacionalidades” -concebidas en base a criterios
histórico/culturales, que no políticos- permitía
constitucionalizar a la “nación española” como soberana,
indivisible y titular de la autodeterminación. El colmo de la falta
de intuición, ceguera o inocencia, era que los sectores centristas
estaban más que convencidos que con esta cesión “semántica” en
el texto constitucional tendrían contentos y satisfechos ab
aeternum a los nacionalistas.
Quizá
uno de los puntos más cruciales y que estuvo a punto de cambiar toda
la arquitectónica actual, fue una ocurrencia que nadie había tenido
hasta ese momento. En pleno debate sobre la “nación” y las
“nacionalidades”, el senador nombrado por el Rey Luis Sánchez
Agesta presentaría una enmienda al artículo 2º en la que proponía
que se reconociera simultáneamente a una “nación española” a
la que consideraba “fundamento de una organización política
independiente”, junto a unas “nacionalidades” y “regiones”
a las que definía como “históricas” y “culturales”. Hasta
ese momento nadie había caído que en el texto constitucional se
hablaba de nación, pero no de nación española.
Años
más tarde, Fernando Garrido Falla, un experto constitucionalista,
reflexionaba: “Por lo que se refiere al Artículo 1º.2, quizás lo
más importante haya sido la introducción de la palabra «española»,
que elimina el peligro de cualquier interpretación del Texto
tendente a fraccionar la soberanía en los distintos pueblos de
España. En cambio, bien se observa que la diferencia con el actual
Artículo 2º consiste curiosamente en afirmar simultáneamente cada
uno de los dos principios antagónicos que en el mismo se contienen:
por una parte, la «unidad del Estado» se refuerza con la
«indisoluble unidad de la Nación española, patria común e
indivisible de todos los españoles», por otra, se consagra
definitivamente el novedoso término «nacionalidades», con un
sentido totalmente distinto del hasta entonces utilizado en el
Derecho Civil (pertenencia de un individuo a una determinada nación)
y que para muchos significó la posibilidad constitucional de
concebir a España (o, si se prefiere, al Estado español) como una
nación de naciones".
Los
posicionamientos de la UCD les alejaban del viejo Régimen (y así
tranquilizaban su conciencia de recién conversos al democratismo) y
eran felizmente compartidos por representantes del Partido Socialista
Obrero Español (PSOE) como Gregorio Peces-Barba o José María
Benegas y del nacionalismo catalán, como Miquel Roca, encantados de
que se diferenciaran los conceptos de “nación-Estado” y
“naciones sin Estado” o “nacionalidades”, asumiendo la
posibilidad de su coexistencia. Es significativo que los senadores de
designación real catalanes: Martín de Riquer, Mauricio Serrahima y
José María Socías, integrados en el Grupo Parlamentario de Entesa
dels Catalans, no intervinieron en los debates para defender el
término nacionalidad. Quizá ello se debió a que eran
hombres conservadores y les asustó el entusiasmo con que los
socialistas defendían esas propuestas.
Conclusión
y proyección: fin del “consenso” y la incertidumbre del futuro.
Tarde
o temprano las contradicciones de la Transición se acaban
evidenciando y a ello contribuye que está desapareciendo aquella
generación que la pilotó. Como símbolo evidente tenemos la
abdicación de Juan Carlos I y vemos cómo van falleciendo los
“padres” de la Constitución. Cuando esto ocurre, el viejo
“consenso” deja de existir, pues carece de sentido para la nueva
hornada de políticos y sus intereses. Es entonces cuando el texto
constitucional pierde su apariencia de sacralidad y se contempla
ahora como un mero papel que puede ser desbrozado y retocado sin el
menor rubor.
Todavía
algunos ingenuos creen en el poder casi “mágico” de la Carta
mágica, pero son incapaces de comprender que su fuerza derivaba de
unos pactos tácitos y explícitos entre agentes que ahora han ido
perdiendo todo peso político. Y este es el punto en el que estamos.
La arquitectónica constitucional empieza a carecer de legitimidad
para una parte de la población que no vivió la época de su
gestación y para la que los metarrelatos construidos sobre la
transición ya nada significan.
Igualmente
carece de legitimidad el texto constitucional para fuerzas
revolucionarias o centrífugas emergentes, pues ellos no participaron
de ese “consenso”. No es de extrañar por tanto, que se haya
pasado de la teoría de la inviolabilidad del texto constitucional a
las teorías de la “reforma-exprés” sostenida ya por muchos
juristas. Entre los más revolucionarios, como Pîsarello se afirma
que “La mayoría de medidas necesarias para una gestión
democrática de la crisis no puede plantearse ya, de manera realista,
dentro del marco constitucional de 1978, o si se prefiere, de lo que
se ha hecho de él. Impulsar nuevos procesos constituyentes desde
abajo, plurales y con capacidad de proyectarse en escalas más
amplias, comenzando por la europea, no es una tarea sencilla. Pero es
acaso la única alternativa sensata, a medio plazo, a la descarnada
ofensiva oligárquica que está prevaleciendo”.
Tras
el fracaso del llamado Plan Ibarretxe, frenado precisamente con la
cobertura de la estructura constitucional, la izquierda española y
el nacionalismo transversal, empezaron a agitar el fantasma de la
reforma constitucional. El nacionalismo vasco, que representaba el
PNV, había seguido las reglas de juego para alcanzar sus objetivos,
pero la “legalidad constitucional” los había truncado. La
conclusión era evidente: había que cambiar las reglas de juego. Por
entonces, una palabra prohibida hasta el momento, empezó a sonar en
ciertos círculos y medios que hasta entonces habían venerado la
Constitución, nos referimos al socialismo español: hacía falta una
reforma hacia el “federalismo asimétrico”.
La
caja de Pandora se ha ido abriendo imperceptiblemente, el ex
presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, tiene mucho
que ver en ello al dar luz verde al nuevo Estatut de Autonomía de
Cataluña. Los ponentes del Estatut supieron jugar hábilmente con el
término nacionalidad que ya había quedado plasmado en la
Constitución. Ello –y la voluntad política de Zapatero-
bloquearon la resolución del Tribunal constitucional el tiempo
suficiente como para crear un clima de frustración en Cataluña. La
eterna espera de la resolución fue hábilmente utilizada por las
fuerzas nacionalistas para radicalizar a sus bases.
Hoy,
cuando el radicalismo nacionalista se apresta al asalto de la
arquitectónica constitucional, muchos se empeñan en querer
defenderla como último baluarte de la unidad española. Pero es
preciso abrir los ojos y no dejarse engañar por la hábil estrategia
separatista. La Constitución es en sí un barco que se viene
hundiendo sólo desde hace décadas. El hundimiento era lento, por
eso genero la sensación de estabilidad y salvaguarda de ciertos
principios fundamentales como la unidad nacional. Pero lo cierto es
que el barco estaba mal construido y el desastre es inevitable. Poner
parches a la Constitución o intentar reforzar un edificio que
amenaza ruina es simplemente alargar una agonía. Por el contrario,
aferrarse a él, es darle la razón al nacionalismo separatista. Pues
es querer depositar la unidad de España en manos de una legitimidad
y legalidad que depende de voluntades. Y el nacionalismo ha
demostrado que sumando voluntades puede derrocar el edificio.
Los
que argumentan que la independencia no es posible porque es ilegal
constitucionalmente, ¿qué responderían cuando si se reformara la
Constitución y ésta permitiera legalmente una secesión? La
independencia o no de Cataluña no puede realizarse en el plano de la
legalidad sino de la moralidad y fidelidad a la esencia de la
Tradición hispana de Cataluña. Todo lo demás es retrasar el
desastre o darles más argumentos a los separatistas.
Quizá
sea el momento de plantear un nuevo y verdadero proceso
constituyente, pero la iniciativa no la pueden llevar aquellos que
por su odio a lo que representa España, no buscan más que acabar
con ella y diluirla en un mero marco jurídico. Posiblemente este
argumento que presentamos no lo entiendan muchos que se sienten
llamados a luchar por la unidad de la Patria, pero tenemos por cierto
que el tiempo nos acabará dando la razón.
Actualidad - Artículos - Educación - Formación - Sumisión
Frente al parlamentarismo liberal en donde una casta política vive eternamente del cuento en los artificiales Parlamentos de dominación capitalista, parlamentos desde donde sin consultarnos deciden como hemos de vivir, trabajar y hasta que TV hemos de mirar, frente a su forma de dominación, existe el municipalismo como una de las formas más antiguas y validas para organizarse que tienen los pueblos.
Esta forma de organizarse que ya se practicaba en la Grecia antigua y fue la base de la Organización tradicional en Españal.
Como hemos dicho, ya en la antigua Grecia era la forma de organizarse : El pueblo se reunía en el Ágora para resolver los problemas de la ciudad (polis) hablaban de política (de ahi viene esta palabra) y alli determinaban que hacer para resolver los problemas que afectaban a sus municipios.
Frente a los Centralismos del Gobierno central y del invento de las autonómias hemos de recuperar el municipalismo como forma identitaria, popular, comununal, patriotica y anticasta de organizarnos.
Os pasamos este video del Profesor Javier Barraycoa para que conozcais de que se trata y porque hay intereses para que no podamos recuperar nuestra forma popular de organización.
Actualidad - Artículos - Educación - Vídeos
![]() |
| "Estudiantes extranjeros" |
Sin embargo, para los extranjeros, esta prueba de acceso ya no existe y podrán acceder directamente a los estudios universitarios, mientras que los españoles tendrán que seguir haciendo la selectividad hasta el año 2017. El Ministerio de Educación la ha eliminado únicamente para los casi 7.000 estudiantes que cada año vienen de fuera y se someten a la Selectividad. Las universidades esperan que este cambio aumente la demanda, principalmente de América Latina y del norte de África. Más de 55.000 alumnos extranjeros estudian grados y posgrados en España, según datos de la Unesco. La mayoría proceden de Colombia, Ecuador, Perú y Marruecos.
Actualidad - Destacado - Educación - Inmigración - Noticias - Unión Europea
En la actualidad sólo quedan tres niños
alemanes en el Jens- Nydahl - Grundschule en Kreuzberg , Berlín - una
demostración impactante de cómo Europa se está limpiando étnicamente por
la inmigración del Tercer Mundo.
Una historia en la revista Bild sobre el tema se titulaba : "Somos los últimos 3 niños alemanes en la escuela alemana. El resto son musulmanes " .
Kreuzberg en Berlín ha sido durante mucho tiempo un destino de la inmigración turca en la capital alemana y ahora se ha llegado a un punto inevitable en que los alemanes han prácticamente desaparecido de esa parte de la ciudad. En el patio de recreo Talina ( 11 ) , Svenja ( 11 ) y Jason ( 9 ) no pueden entender ni una palabra. Porque aquí, sus compañeros de clase sólo hablan turco y árabe.
Aquí el 99 por ciento de los 313 alumnos tienen un origen inmigrante musulmán. Para 285 de ellos, los padres reciben apoyo financiero del estado .
Talina está en el sexto año . " La primera vez que fue a la escuela , ella sabía leer y escribir sus primeras palabras . Sus compañeros de clase no podían decir 'Gracias ' , 'Por favor ' o ' Buenos días ' ", dice su madre, Mara M.
Los niños alemanes son objeto de burlas por ser " comedores de carne de cerdo '. Su compañero de clase Svenja : " Me gustaría que hubiera más alumnos que hablasen mi idioma. " La madre de Jason dice: " No es bueno que haya tan pocos niños alemanes en la escuela. "
Un profesor comentó : "Hemos tratado en vano de conseguir alemanes en la escuela. Ahora nos estamos concentrando en la clientela que tenemos . En la cantina, no hay más carne de cerdo " .
Kreuzberg es ahora la ciudad más grande de Turquía fuera de Turquía y es conocido como "Kleine Estambul" (Pequeña Estambul).
De acuerdo con estadísticas del gobierno de Berlín , el 90 por ciento de los habitantes de ciertas zonas de Kreuzberg vive por debajo del umbral de la pobreza y subsisten de subsidios de los contribuyentes en una burla de la pretensión liberal de que se necesita la inmigración en Europa para "mantener el sistema de pensiones y la economía en marcha. "
Una historia en la revista Bild sobre el tema se titulaba : "Somos los últimos 3 niños alemanes en la escuela alemana. El resto son musulmanes " .
Kreuzberg en Berlín ha sido durante mucho tiempo un destino de la inmigración turca en la capital alemana y ahora se ha llegado a un punto inevitable en que los alemanes han prácticamente desaparecido de esa parte de la ciudad. En el patio de recreo Talina ( 11 ) , Svenja ( 11 ) y Jason ( 9 ) no pueden entender ni una palabra. Porque aquí, sus compañeros de clase sólo hablan turco y árabe.
Aquí el 99 por ciento de los 313 alumnos tienen un origen inmigrante musulmán. Para 285 de ellos, los padres reciben apoyo financiero del estado .
Talina está en el sexto año . " La primera vez que fue a la escuela , ella sabía leer y escribir sus primeras palabras . Sus compañeros de clase no podían decir 'Gracias ' , 'Por favor ' o ' Buenos días ' ", dice su madre, Mara M.
Los niños alemanes son objeto de burlas por ser " comedores de carne de cerdo '. Su compañero de clase Svenja : " Me gustaría que hubiera más alumnos que hablasen mi idioma. " La madre de Jason dice: " No es bueno que haya tan pocos niños alemanes en la escuela. "
Un profesor comentó : "Hemos tratado en vano de conseguir alemanes en la escuela. Ahora nos estamos concentrando en la clientela que tenemos . En la cantina, no hay más carne de cerdo " .
Kreuzberg es ahora la ciudad más grande de Turquía fuera de Turquía y es conocido como "Kleine Estambul" (Pequeña Estambul).
De acuerdo con estadísticas del gobierno de Berlín , el 90 por ciento de los habitantes de ciertas zonas de Kreuzberg vive por debajo del umbral de la pobreza y subsisten de subsidios de los contribuyentes en una burla de la pretensión liberal de que se necesita la inmigración en Europa para "mantener el sistema de pensiones y la economía en marcha. "
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